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Hojas, flores y raíces, antaño de uso cotidiano y muchas olvidadas hoy Reviewed by Momizat on . Al pergeñar nuestra entrega de la semana pasada, no nos imaginamos que tantos y tan variados lectores nos escribirían: unos para felicitarnos y decirnos que les Al pergeñar nuestra entrega de la semana pasada, no nos imaginamos que tantos y tan variados lectores nos escribirían: unos para felicitarnos y decirnos que les Rating:

Hojas, flores y raíces, antaño de uso cotidiano y muchas olvidadas hoy

Al pergeñar nuestra entrega de la semana pasada, no nos imaginamos que tantos y tan variados lectores nos escribirían: unos para felicitarnos y decirnos que les hicimos recordar parte de su niñez y juventud; otros para solicitarnos mayores detalles sobre productos de la tierra de uso cotidiano antiguamente, sin faltar quienes nos recordaran algunos que conocieron y que ya casi no han vuelto a ver.

 

Como nuestros fieles y estimados lectores son quienes nos marcan la pauta a seguir, con sumo placer acogemos sus amables sugerencias y volvemos la vista al pasado para detenernos en las hojas, flores y raíces, que para alimento, limpieza o embellecimiento de los tabasqueños de hace algunos años, nos proporcionaba la pródiga flora de nuestro entorno.

 

Comenzaremos por referirnos a las hojas utilizadas en la gastronomía tabasqueña de las que, afortunadamente, las amas de casa que no alimentan a su prole con pizzas, hamburguesas, hot dogs y frituras industriales de toda clase, que únicamente producen obesidad y no alimentan o nutren, todavía usan cotidianamente: las de chipilín, chaya y momo; indispensables las dos primeras, unidas a las de chile amashito, para preparar mondongo, carne de cerdo o pejelagarto, y años atrás tortuga blanca o pochitoques en verde; y la segunda para los exquisitos mones de pescado o de cerdo.

 

No sabemos si aún se sigan usando en la cocina tradicional tabasqueña, las hojas de muste o musté, con las que nuestra amadísima abuelita materna guisaba unas mojarras de antología. Recordamos que preparaba una tortilla gruesa, la que cubría con las hojas de muste, sobre las que ponía una cama de rodajas de tomate y de cebolla, para acostar en ella una hermosa mojarra castarrica, debidamente preparada con jugo de limón, sal y quién sabe qué otras cosas, para luego cubrirla con rodajas de tomate y de cebolla, seguida de una cubierta de hojas de muste y luego otra tortilla, con la que hacía una especie de panucho grandote o un como tamal, que envuelto en hojas de plátano se cocía al vapor. ¡Qué delicia!

 

Pero así como se usaban algunas hojas para guisar, también se servían de otras para perfumar la ropa, como el pachulí, cuyo aroma estuvo muy de moda durante los años setenta del siglo pasado, cuando podía conseguirse en las tiendas de postín, una loción con el nombre en italiano, si mal no recordamos, de “Pacholi”. Pues bien, las hojas de pachulí se le adicionaban a “la hervedura”, como le llamaban al hecho de hervir la ropa, quienes se ocupaban de lavarla, para que las prendas allí hervidas se impregnaran con el aroma de la perfumada planta. Así lo dice el zapateo llamado precisamente, “El pachulí”, del inolvidable Alfonso Vicens Zaldívar: “Rodeado de pachulí/ estará mi jacalito,/ para perfumarte a ti/ cuando vivamos juntitos…”

 

Y como escribimos en nuestro anterior artículo, las hojas de to se usaban como envoltura de ciertos productos, pero omitimos que también, al igual que las hojas de plátano, las de to sirven para envolver tamales; con las de plátano se envuelven los regios tamales de presa en medio, los de caminito y los de chipilín, que siempre deben hacerse con masa colada; mientras que con la hoja de to se envuelven los tamales de masa sin colar, conocidos como maneas. Estas hojas eran utilizadas en épocas pasadas para tortear, es decir, para preparar las sabrosas tortillas que se consumían en los hogares, cuando no se conocían ni se consumían las acartonadas tortillas de ahora, ni se torteaba en plásticos, como se hace hogaño.

 

Hablar de toda la variedad de hojas utilizadas en la medicina tradicional de nuestra tierra, en tizanas, baños, emplastos o lavativas, resultaría interminable y ya nos referimos a muchísimas de ellas en el artículo que escribimos hace más de un par de años al que intitulamos, precisamente, “La medicina tradicional tabasqueña”, por ello únicamente enlistaremos las siguientes: maguey morado, llantén, belladona, oreganón, epazote, cundeamor y sábila.

 

¿Y las flores? Pues tal vez muchísimos tabasqueños actuales no lo sepan, pero hace varios años con la flor de islaúl, se perfumaba el agua en la que luego se batía el pozol, otorgándole un olor y un sabor muy especial. Esta bella planta ya casi ha desaparecido en Tabasco, como muchas otras que nosotros todavía conocimos en nuestra niñez.

 

Con los perfumadísimos pétalos de la rosa concha, como en Tabasco se conoce la rosa de Alejandría, se elabora el hoy en día casi desconocido pero delicioso dulce llamado “panal de rosa”. Las flores de cocohíte, según se nos platicó, también se hacen en dulce, mientras que las de la madre chontal o moté, planta conocida en otros lares como colorín, a las que muchas personas les llaman “alcaparras”, como también alguien nos dijo se guisan con huevo, pero declaramos urbi et orbi, que nunca las hemos probado.

 

Y en la medicina tradicional, se usan las flores de saúco, de bugambilia roja y otras más que sería prolijo enumerar.

 

De raíces hay mucho qué decir. Dejemos a un lado los tubérculos comestibles como el camote, el macal y la yuca, indispensables en el sabroso y nutritivo puchero tabasqueño —al que además se le añade calabaza, elote, plátano maduro y chayote, nada de papa ni zanahoria—, y recordemos que antaño eran muy apreciadas las raicillas del vetiver, que podían adquirirse en el mercado en pequeños haces; con ellas se perfumaba la ropa guardada en las famosas “cajas”, enormes arcones de madera en las que se guardaban las mejores prendas de vestir. El aroma del vetiver estuvo muy en boga durante los años sesenta del siglo pasado, en forma de loción para caballeros, de las marcas más prestigiadas del mercado mundial.

 

Todo lo contrario al uso del vetiver, era el que consistía en una de las maldades mayores que hacían nuestros antepasados y que llegamos a conocer hace varios años por pláticas de personas mayores, misma que se llevaba a cabo utilizando la raíz de aroma, como le llaman a la de cierta planta mimosácea. Pero dejémosle la palabra al maestro Francisco J. Santamaría, quien al describir la planta llamada aroma, en su monumental Diccionario de Mejicanismos, explica en qué consistía la maldad a que nos referimos al inicio de este párrafo: “Es famosa la especie de que la raíz de esta planta, masticada, apesta a excremento humano al escupirla, con la particularidad de que no queda mal olor en la boca. Los muchachos, en ciertos pueblos de Tabasco, la hemos usado a veces por esta propiedad, para hacer la travesura de disolver los bailes  familiares, escupiendo en el salón.” ¿Qué les parece? ¿Qué sucedería si un  grupo de muchachos traviesos hiciera lo antes explicado en uno de los antros de moda? Pues a lo mejor nadie abandona el sitio, pues tal vez muchos de los chicos de ahora padezcan cacosmia. Para que nadie tenga que acudir al diccionario para saber que significa esta palabreja, les diremos que se llama cacosmia a la enfermedad consistente en la “percepción de un olor desagradable, real o imaginario, de origen infeccioso, neurológico o alucinatorio”.

 

Como se ha podido advertir, la vegetación circundante nos ofrece los más variados y ricos productos, que desaprensivamente hemos echado en el olvido, merced a la enorme cantidad de artículos industrializados sumamente contaminantes, que se han apoderado de nosotros, influidos por la avasallante publicidad vía prensa, televisión y radio, que nos impele a comprar toda clase de cosas inservibles o dañinas.

 

Y nos faltó referirnos a la inmensa variedad de frutas que nos regala la espléndida vegetación que Dios nos legó, así como de los diversos usos que antaño se les daba a muchas de ellas que yacen en el olvido, pero de las que un día de estos, tal vez nos ocupemos.

 

Es todo por hoy, amables e hipotéticos lectores, les invitamos a leernos el próximo viernes, en este mismo espacio de su diario vespertino favorito, “El Correo de Tabasco”, si los hados nos resultan propicios y el destino no nos alcanza.

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